14/11/15

Voyeur

Mirar como te duchas es un regalo del cielo. Hoy he vuelto a hacerlo. Te veía desde mi ventana. Estaba escondido tras las cortinas mientras tú, ignorando mis miradas, te recreabas. Veía cómo el agua recorría tu cuerpo y te veía después enjabonar tu cabello y frotar firme y suave con la yema de tus dedos aquí y allá tu cabeza. Te has aclarado con abundante agua y te has aplicado la crema suavizante asegurando que impregnaba bien todo tu cuero cabelludo. Poder ver tus senos brillantes y erguidos me ha excitado hasta el sofoco. Gotas de sudor salpicaban mi rostro mientras la temperatura de la habitación subía hasta hacerse casi insoportable. La erección me provocaba el conocido calambre en la entrepierna y bajo vientre. Me he desabrochado el pijama y he dejado caer los pantalones. No he podido reprimir tocarme mientras veía que te duchabas con deleite. Al pasarte la esponja por la piel te aplicabas un masaje circular por todo tu cuerpo. En el preciso instante que llegabas a tus prietas nalgas he llegado a un orgasmo profundo e intenso que ha provocado que emitiese un gruñido sordo. He recogido mi esencia con papel higiénico y, sin dejar de mirarte, he continuado tocándome. Después de enjabonar tu cuerpo y tal como sueles hacer cada día, te mirabas en el espejo mientras ponías posturas sensuales mirándote en el espejo. Esas posturas que tanto me gustan. Esas posturas que sé a ciencia cierta que son para mi. Has lanzado un beso al espejo que he recogido con amor y has cogido una toalla con la que has enrollado tu pelo. Luego te has secado el cabello y has envuelto tu cuerpo con el albornoz. Te has lavado los dientes y te has ido a la habitación. De modo que he de darme mucha prisa. Siempre me pasa igual: me deleito mirándote y tengo que salir corriendo a toda prisa para poder alcanzarte. Tengo tan solo quince minutos para ducharme y tropezar contigo en el autobús como por descuido. De modo que me ducho, me visto rápidamente y bajo las escaleras corriendo para llegar a tiempo. 

He caminado por la calle arriba y abajo porque no te veía por ningún lado. Me escondo entre los aligustres y los plátanos de sombra que pueblan nuestra calle y voy hasta el parque infantil que hay frente a tu portal. De pronto la luz del descansillo se enciende y me pongo nervioso. Me escondo a toda prisa tras un coche azul marino y miro a través de la ventanilla. Veo que sales vestida con una corta falda roja y una camisa blanca. El sonido de tus tacones de aguja resuena por la calle y a su ritmo se acelera mi corazón. Dejo que haya un trecho entre nosotros y te sigo a una distancia prudencial. Vamos a la parada del tren de cercanías como siempre. No puedo evitar un pinchazo en el bajo vientre al ver bambolearse tu falda redondeando tu precioso trasero. Parece que otra erección está haciendo acto de presencia. Entras en la estación y pasas el billete por el torno de entrada al anden de cercanías. Un par de minutos más tarde recorro tus pasos a toda velocidad. Escucho llegar al tren y salgo corriendo no vaya a ser que lo pierda y no pueda ir contigo como me pasó hace tres martes. Fue un día horrible. Nada salió bien a partir de ese momento. Pero hoy no. Hoy llego justo cuando se están cerrando las puertas y entro saltando mientras hago un escorzo en el aire. Casi me choco contigo. Has mirado y me has sonreído. El pinchazo del bajo vientre se agudiza. Me siento frente a ti y no puedo dejar de observarte. Miro como tus piernas se pierden en la oscuridad de tu falda. Me pierdo en ese asombroso túnel del amor. Siento un escalofrío al darme cuenta de que tú me estás mirando la entrepierna y al ver que te he pillado te has sonrojado. Dios mío. Me ha mirado. Ya sí que no puedo separar mis ojos de ella. Ese escote bronceado y abultado me tiene enamorado. Sus carnosos labios rojos que te humedeces con la lengua cada vez que ves que te estoy mirando. Mi erección está llegando a un extremo salvaje y animal. No sé cómo disimularlo. Estoy completamente empalmado. Mientras me miras y yo no puedo dejar de hacer lo propio con esa maravilla de cuerpo escultural que tienes. Hacemos el trasbordo en Chamartín y el tren que cogemos se ha vaciado dejándonos solos en el vagón. No sé si acercarme a ti o no. Miro tus labios que se ahuecan y me lanzan un silencioso beso. Me levanto.


Me siento a tu lado y puedo percibir tu aroma. Una fresca y bucólica fragancia que invita a la lujuria. Te pregunto el nombre. Qué nombre más bonito. A continuación te digo mi nombre. La sonrisa de tus labios deja entrever unos dientes perfectamente alineados y muy blancos. Tengo sed. Quiero beber de tus labios. Estoy completamente fuera de mi pero tengo que aguantarme. En un vaivén del tren te echas un poco sobre mi y no te apartas. Mis nudillos apenas están rozando tu nalga izquierda. Tersa, dura, apetitosa. Te digo no sé qué tontería y te ríes algo exageradamente y me das con tu mano en el muslo. No apartas la mano. La dejas ahí. No puedo más. Se me está secando la boca y noto una especie de temblor por todo el cuerpo. Pero tengo que hacerlo. Me acerco a tus labios y te beso. No me rechazas. De hecho, entreabres los labios y nuestras lenguas empiezan a juguetear. Te atraigo hacia mi con un abrazo. Me empiezas a acariciar el pecho. Creo que mi corazón va a estallar. Me susurras al oído: “vamos al baño del vagón” No es lo más romántico que podemos hacer pero no estoy para pensar demasiado. Vas delante de mí mientras yo voy de tu mano observando tus nalgas. Al entrar en el cuarto de baño, mi mano empieza a juguetear debajo de tu falda. Tu respiración es más profunda, más ronca. Pasas a tomar el mando de la situación. Me estás apretando fuerte contra tu cuerpo. Tu abrazo es cada vez más fuerte. Empiezo a notar que me falta el aire. Noto un pellizco en mi cuello. El dolor se va haciendo más fuerte y más agudo. Tu respiración es entrecortada y salvaje. Noto que tu saliva chorrea mi cuello y llega hasta mi pecho. Noto tus uñas en mi espalda, me arañas. Me haces daño. Duele. Me duele mucho. Abro los ojos y lo que veo me aterroriza. Tienes los ojos completamente rojos. Toda tu cara está manchada con mi sangre. Intento gritar pero la voz no sale de mi garganta. Un extraño borboteo llega a mis oídos. Me falta el aire. Siento como si me desvaneciese. Mi sangre es la que chorrea mi cuerpo mientras tu sigues succionando. Me estás vaciando. Me siento marchar. Ya no duele nada. Pero detrás de todo no hay ninguna luz blanca sino oscuridad. Todo está oscuro. Siento frío. Mucho frío. Una risa terrible reverbera en mi cabeza. El terror inunda cada poro de mi piel. Las convulsiones indican que el final está cerca. No veo nada. Escucho la macabra risa que me aterra y el ruido de tu succión. Siento como mi cuerpo cae y choca con el váter en ese sucio vagón de tren. Escucho tus tacones alejarse. Los ruidos se van amortiguando. El frío es insoportable. El silencio es atronador.  

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