28/6/16

Entre el estómago y el corazón.

Les llamo solo una vez a la semana, si toca, porque soy un puto desastre. Eso es así, para qué disimular. No me da la vida para andar llamando. Siempre estoy corriendo para estar puntual cuando todo el mundo me necesita menos para ellos. En cambio, cada vez que he estado ahí cuando lo han necesitado, ha sido cuando me he sentido el hombre más feliz y más importante del mundo. Lo mejor. Lo más. Pero no estoy siempre. Me gustaría pensar que sí, pero no. No soy tan buen hijo. Me acuerdo de ellos mucho, muchísimo. Siempre. Pero lo demuestro poco. Nada.

Sé que la vida se nos escapa aunque no queramos. Es como intentar mantener en la palma de la mano un litro de agua de mar. A nuestro pesar se escapará hasta la última gota y se secarán nuestras manos. Sé que iremos quedándonos solos hasta que afrontemos el último paso hacia el otro mundo. Sé que nadie nos puede acompañar en ese trance. Sé que la fatiga de la vida se disfraza de nostalgia. Sé que esa nostalgia se va alojando en un lugar oscuro entre el estómago y el corazón, encogiendo aquél y ralentizando éste.

También sé que los valientes mueren una vez y los cobardes muchas. Sé que un hombre se ve con las tripas en la mano y sigue adelante defendiendo a los suyos. Que un hombre se viste por los pies, por supuesto. Sé que los ojos aprenden a mirar desechando lo superfluo y lo que nos quieren mostrar. Aprendiendo de este modo a ver lo que realmente tenemos delante. Distinguiendo al gato de la liebre. Sé que hay insultos que no son tales pues no son más que meras definiciones. Sé que la vida es muy corta para dejarla pasar entre mediocridades. Por eso nos enseñasteis a mis hermanas y a mí que nos tenía que gustar lo bueno. Sé que lo bueno es lo que te emociona. El buen cine, el buen teatro, la buena música y la buena literatura nunca dejan indiferente a nadie. Nunca decepciona. Siempre enseña. Lo sé porque lo aprendí de vosotros.

Un hombre en su lecho de muerte me envió un mensaje: que aprendiese de mi padre a ser un Señor, así con mayúsculas. La emoción y el orgullo se dan la mano en ese recuerdo imborrable. Pero como el desastre que soy, nunca les he dado las gracias por ser, por estar, por su ejemplo. Porque a pesar de mis ausencias ellos están siempre. Sé que estarán siempre a pesar de todas mis torpezas. Lo minúsculo, lo poco, lo ínfimo que soy será siempre gracias a ellos. Me enseñaron a no ser "juanele" ni "repezuñoso" que nada es verdad ni mentira. Que todo depende del cristal con que se mira. Que una sonrisa sincera y el brillo de unos ojos que te miran puede ser lo más grande en este mundo. Que no hay nada más importante que un pequeño instante del más profundo amor.

Dentro de nada es su aniversario de bodas y, probablemente, llamaré dos días después ¿No les he dicho que soy un puto desastre? Pues eso. Pero pienso en ellos, con ellos, de ellos, para ellos. Aunque sea tarde. Les siento. Eso siempre. No puede ser tarde ni pronto porque es siempre. Están aquí conmigo iluminando ese lugar oscuro entre mi estómago y mi corazón. Siempre. Y me enorgullezco de ellos, por supuesto, del corazón enorme que tienen. De la bondad que rezuman. De lo que me han enseñado. De su cariño. De su ejemplo. De lo que son porque es lo que seré, o intentaré ser, que además es lo que pretendo trasmitirle a mi hijo.

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