28/6/16

Florencia. Historia de un viaje.

Los viajantes llenan su maleta de ilusiones. Se van a dormir nerviosos por el viaje a realizar. Se levantan de madrugada para comprobar que todo está en orden una y otra vez. Los nervios no les dejan dormir. Miran el techo de su habitación tumbados en la cama boca arriba. Son incapaces de articular palabra por si el otro está dormido. Así, intentando que la pareja no se dé cuenta de que uno está dormido, el ojo se da por vencido. Repasando mentalmente los itinerarios a realizar por la ciudad. Hasta que todo a su alrededor se apaga. Repentinamente la música del despertador les sobresalta y todo su mundo se acelera. Desayunan rápido. Vamos, vamos, vamos. Suena el telefonillo. Oh Dios, ya está aquí el taxi. Démonos prisa. Así, corriendo, llegan al aeropuerto.

Embarcan con emoción. El avión acelera. Las ruedas dejan el suelo. El paisaje se va haciendo más pequeño y lejano. Flotan hacia un destino que saben maravilloso. Leen un poco. Se besan. Observan a los demás pasajeros. Se besan. Comentan lo que sucede a su alrededor. Sonríen cómplices y vuelven a besarse. La voz del sobrecargo les avisa que ya queda poco para alcanzar su objetivo. Comienza el descenso. El estómago les da un vuelco al descender bruscamente con alguna turbulencia. Notan de nuevo las ruedas tocar tierra. Cuando el avión se detiene van a por las maletas. Avisan a sus familias de la llegada sin sobresaltos. Allí un coche de la agencia de viajes les llevará hasta su hotel.

El trayecto se les hace corto mirando por la ventanilla la ciudad de Florencia que los espera elegante. En el hotel todo es perfecto. La recepción maravillosa. Un clasicismo magnífico les hace evocar tiempos mejores. El patio interior es, en realidad, un jardín interior espléndido desde el que leer, escuchar música y conversar. Desharán la maleta y recogerán la ropa con parsimonia. Entre beso y beso, sonrisas, caricias y ganas de dar un paseo y aspirar todo el aroma de la ciudad. Al salir a la calle, les recibe el brillante río Arno bajo un insólito sol de febrero. Los elegantes edificios bordean su ribera. La luz del sol se filtra entre los edificios y se refleja en el agua. El paisaje es sublime. El camino gira y se abre a una plaza coronada por una pequeña iglesia. Magnificencia, sobriedad, arte y creencias a flor de piel en cada templo que visitan. Por pequeño que sea cada uno de esos templos les descubre un tesoro magnífico. Cada uno distinto. Cada iglesia es una sorpresa, una emoción contenida y rebosa belleza.

Desde allí llegan al Ponte Vecchio de la ciudad. Lugar comercial por excelencia. Desde este enclave magnífico se accede a una galería de los oficios. Una galería de arte colosal, único en el mundo. De nuevo en la calle van sorteando la plaza de la Signoría desde la que héroes de toda época les dan la bienvenida. Miran maravillados intentando evitar chocar con otros viandantes. Deciden perderse por las maravillosas callejuelas llenas de vida, color y contrastes que únicamente un país como Italia puede ofrecer. Llegan a la plaza de la Catedral y la boca se abre en una mueca de sorpresa que no abandonarán hasta que dejen atrás esta ciudad. Una sonrisa incrédula con cada nuevo monumento visitado, con cada reflejo del sol en sus rincones, con cada gota de lluvia en sus cornisas. Cuando creen que lo que habían visto era insuperable, una nueva plaza se abre ofreciendo una vista más maravillosa aún. Un nuevo detalle los sobrecoge. Una nueva señal los subyuga. Florencia, sin pretenderlo, está atrapando a los viajeros.

Es que Florencia, como el resto de Italia, está plagada de contrastes, de extremos opuestos de elegancia y riqueza, coloreada de la amabilidad y buen humor de sus gentes. Donde únicamente la grandeza del arte que encierran sus rincones supera la de los gestos y grandilocuencia de sus habitantes. El lugar en que se nos muestra cómo paradójicamente el cartesiano orden constructivo romano es caótico en su disposición. Un lugar que te embelesa, que te hace suyo, que crea adicción, que te maravilla y te enamora.

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