28/6/16

La playa. Lo importante.

Desde el agua miro nuestras toallas y te veo sentada. Nos observas con las gafas de sol puestas y saludas con la mano. Una enorme sonrisa ilumina, aún más, tu rostro. El niño y yo te saludamos desde el agua. Hacemos un poco el tonto para que te rías. Lo conseguimos. Después te das la vuelta y hojeas la estúpida revista que te has comprado para matar el rato. Nosotros, mientras, seguimos jugando en el agua. Al pilla pilla, por ejemplo, que nos gusta mucho. Hasta que atrapo al niño. Lo lanzo hacia arriba sobre las olas y observo cómo cae al agua riéndose, riéndonos a carcajadas. Cuando nos cansamos y, siempre, siempre, tras bucear un poco juntos a ver si vemos peces, volvemos a nuestro refugio, a la toalla.

Enrollas al niño, que está tiritando y con los labios morados, con su toalla de los Minions. El cariño de la escena me hace sonreír orgulloso. Os observo empapado mientras me seco con mi toalla. Me siento junto a vosotros y nos ponemos a jugar a las cartas los tres hasta que nos secamos del todo. El niño y yo empezamos a hacer un castillo de arena. Imponente. Inexpugnable. La joya de nuestro reino.

Nos miras sonriendo y preguntas quién va contigo a bañarse. El niño no da tiempo a terminar la pregunta. Se levanta, raudo, y te da la mano mientras me mira sonriendo. Os veo ir entrando en el agua, mientras su frescor os obliga a hacer escorzos imposibles que provocan mi sonrisa. Desde aquí puedo oír vuestra risa. Me tumbo tranquilo, sosegado, orgulloso y feliz en nuestro refugio. Cierro los ojos y me dejo mecer por el rumor del mar hasta que unas pequeñas gotas provocan mi sobresalto.

Abro los ojos y veo al niño sonriendo que se me va a lanzar encima. Le abrazo y me levanto. Lo alzo de un pie y así, cabeza abajo, me lo llevo de vuelta al agua. Se engancha a mi pierna y empezamos de nuevo nuestra tanda de juegos. Nos dices con gestos que tengamos cuidado pero ya estamos en el agua. El ritual incluye, lógicamente, el pilla pilla; un ratito de buceo; otro de saltar olas y después de regreso contigo.
Al sentarnos, el niño me alerta de que nuestro inexpugnable castillo se ha venido abajo. Las olas del mar son crueles y mortíferas. Con un grito se levanta y se tira junto a su castillo. Nuestro castillo. Sonrío mientras el niño intenta solventar lo inevitable. Te miro y veo que tu piel se está secando. La sal del agua forma pequeños círculos en ella. Me recuerdan a pequeños y blancos castros celtas que pueblan toda tu espalda. Mi espalda. Tu cuerpo. Mi cuerpo. Nuestro reino. Nuestra vida. Nuestro refugio y nada más. Lo importante.

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