23/9/16

A la deriva.

No hay que confundir nunca respeto con temor. Ese es un mal endémico a la educación española. El padre no puede reconocer su error delante de su hijo porque sería mostrar inseguridad y desventaja frente al niño. El profesor tampoco puede permitir que los chicos disientan de sus afirmaciones porque son incapaces de argumentar con ideas. No son más que papagayos que dictan lo que ponen los libros que supuestamente enseñan a los niños. El buen padre, en cambio, habla con su hijo y le muestra el error bien sea suyo o del niño. Como el buen maestro no dudará jamás en confrontar ideas, argumentos y convicciones con sus alumnos con la finalidad de crear librepensadores.

Nos creemos que se nos muestra respeto cuando quien habla con nosotros no se atreve a argumentar nuestro error. Creemos que estamos en posesión de la verdad cuando el interlocutor no se atreve a disentir. Lo que se consigue con ello, empero, lejos del respeto, es cavar cada vez más profunda la tumba de nuestra inteligencia. Porque el disenso alimenta la inteligencia, al crear dudas y mostrarnos nuevas perspectivas en las que no habíamos reparado. Quizá, sólo quizá, esa sensación de duda nos haga interesarnos en porqué estamos equivocados. De modo que vayamos a internet, la biblioteca, el móvil o dónde queramos consultar, y, con ese pequeño gesto, alimentemos un poquito nuestro maltrecho cerebro.

Ahí llegamos a otro de los males de nuestra sociedad. Pues, además de la ignorancia, somos unos holgazanes. Es más fácil encender un televisor que abrir un libro. Es más sencillo mirar una pantalla que ir a una exposición y así sucesivamente. Esa vaguería hace que nos apoltronemos a consumir televisión sin pararnos a pensar. Mucha gente dice: “yo enciendo la tele y muchas veces no sé ni lo que dicen, pero la dejo ahí para que haya ruido de fondo”. Porque es más cómodo que nos den todo hecho. No hay que hacer ningún esfuerzo si se quiere ser un ignorante. Con dejarse llevar, vale. Pero dejarse ir en la ignorancia, como en el mar, es peligroso. Muy peligroso. A veces nunca se vuelve. Más aún porque esa televisión está dirigida por manipuladores profesionales que inoculan el veneno de lo políticamente correcto en las conciencias.

Estar alejados dialécticamente de nuestro interlocutor “por el respeto que nos tiene” conlleva que nos afiancemos en nuestro error. Aposentemos firmemente los pies sobre nuestras erróneas convicciones y nos creamos en posesión de la verdad. Una verdad cimentada en el temor que provocamos en lugar de en el respeto que le tienen a nuestra inteligencia. Una verdad equivocada y, por lo tanto, paradójicamente falsa. Para la que hemos inventado la idea de que cada cual tiene su verdad por no decir que está equivocado. Porque verdad solo hay una. Aunque a veces no nos guste o esté lejos de nuestras convicciones.

Así, por respeto a la ignorancia (que no a la inteligencia ni, mucho menos, a la persona) inventamos esa afirmación. Por miedo a disentir con el poderoso, jamás por respeto, somos incapaces de argumentar nuestras convicciones. No podemos confrontar ideas intentando enriquecernos mutuamente con nuestro interlocutor. Porque además, la ignorancia nos hace creernos por encima de los demás. Cuanto más tonto más alto creemos estar. Eso hace que creamos tener derecho a ser respetados sin que nosotros tengamos que respetar nunca a los demás, ni sus ideas, porque estamos en la cúspide y el resto no son sino unos menguados mentales. Además, para el estúpido, el respeto va en dirección única y, siempre, con el viento a su favor.

Porque un tonto es incapaz de tener empatía por nada más que por sus convicciones, por erróneas, falsas o dirigidas que sean. Porque esa ignorancia gestada, cuidada y alimentada amorosamente desde la cuna, unida a una total falta de empatía y aliñada con la dictadura de lo políticamente correcto, es muy peligrosa. Tanto como dejarse ir a la deriva sobre una balsa de troncos. Pues pueden surgir, sin que nos demos cuenta, falsos mesías sin escrúpulos o malvados líderes que pastoreen a una recua de ineptos a su antojo sin que se enteren. Así pondremos en peligro a todos. Acabaremos con la humanidad o la pondremos contra las cuerdas. Porque, entre la espada de dirigentes sinvergüenzas, y la pared de una sociedad edulcorada, anestesiada e ignorante, encontraremos la tumba de la Democracia.

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