23/9/16

El tren de los horrores

Como cada mañana voy andando hasta la estación de cercanías para ir a trabajar. Así cada día. Durante todo el año voy hasta el tren andando. Pero no es un paseo placentero, no. Ahora es verano y el calor, ya a las siete de la mañana, es mortal de necesidad. En otras épocas el frío, la lluvia o el viento hacen que el camino sea un horror. Además, las escaleras de acceso son un peligro, pues tienen los bordes redondeados por el uso y ya han provocado más de un susto. De modo que cuando llueve o nieva el riesgo se multiplica. Mientras voy acercándome a la estación puedo oír el tránsito de trenes con mayor nitidez. Ahora viene uno. Que este no sea el mío y me de tiempo a cogerlo, que voy un poco justo. Salgo corriendo.

Intento entrar por el torno pero tengo el abono caducado. Maldigo mi suerte en voz alta mientras veo que el andén está abarrotado y puedo oír los frenos del tren. Me acerco a la máquina porque en Madrid ya no te atienden personas en las estaciones de servicio ni en las de transporte. A pesar del paro que hay lo que hacen es abarrotar todo con máquinas que sustituyen a las personas. Lo gracioso es que los mismos que toman esas medidas luego se asombran de los datos de desempleo, en fin. La máquina en cuestión se toma su tiempo. Cojo a toda velocidad las vueltas escarbando con los dedos en el minúsculo hueco habilitado en la parte inferior de la máquina y salgo corriendo para llegar al tren. Al cruzar el túnel que separa las vías de una y otra dirección escucho la alarma que señala el cierre de las puertas. Mierda, grito y acelero. Cuando subo el último peldaño y pongo el pie en el andén veo cómo el último vagón es engullido por la oscuridad del túnel.

Miro el reloj. Indica que el siguiente tren pasará en siete minutos. Los minutos, no sé si no se han dado cuenta, son elásticos en un andén. Se pueden alargar hasta la náusea del viajero. La duración de la espera en un andén, de hecho, es directamente proporcional al calor que haga. Así que, para no pensar en ello, saco mi libro y paso el rato leyendo. Me abstraigo de lo que sucede alrededor. Hasta que escucho llegar un nuevo tren y levanto la vista. Para mi sorpresa, el andén vuelve a estar abarrotado. Es hora punta y en siete minutos se ha vuelto a llenar el andén. Abre las puertas y puedo ver que, por supuesto, el vagón está también hasta los topes. Según una viajera que está esperando a mi lado esto pasa porque al ser verano se reduce el número de trenes. Es la típica listilla que opina de todo y entiende de todo salvo de estética y gusto, a tenor del atuendo que gasta.

Al entrar en el vagón un golpe de calor inenarrable seguido de un olor indefinido abotaga mis sentidos. Los rostros enrojecidos, sudorosos y serios de los resignados viajeros me dan la bienvenida al tren de los horrores. El aire acondicionado no está puesto. No funciona o no lo quieren poner. La lista hortera grita a otros viajeros con los que discute por qué no hay aire acondicionado. Cierro el libro porque es imposible leer sin molestar al que tengo a tres milímetros a mi derecha o izquierda, ni sin que la hortera que está seis milímetros delante me doble el libro. De modo que lo guardo como puedo y sudo. Intento respirar y sudo. Pestañeo y sudo. Dejo mi mente en blanco y sudo. Noto como dos gruesas gotas de sudor ruedan por mi espalda y sufro.

Llegamos a una estación intermedia y lo que parecía imposible sucede: entra más gente. Se oyen gritos insultando al conductor para que ponga el aire acondicionado. La hortera lista que me clava el codo en el plexo solar, dice que si el conductor no pone el aire es porque no funciona. Si no hay aquí, en el vagón, él tampoco tiene en la cabina, así que deje de insultar, grita al infinito la experta. Iniciando una discusión a gritos con la voz invisible del más allá, mientras mira sonriente alrededor. Buscando cómplices. Me quedo impertérrito no sea que se ponga a hablar conmigo aunque yo no quiera. Que este tipo de gente es muy dado a ello. Encuentra una cómplice en la chica que llevo a mi espalda. Concretamente a escasos cinco milímetros de mi trasero.

Al llegar a Chamartín más que bajar, según se abren las puertas caemos al andén como defecados por el vagón y damos bocanadas al aire como peces recién salidos del agua. Al evitar pisar a la hortera listilla me he torcido el tobillo. Pero es preferible el dolor de tobillo que seguir escuchando sus opiniones sobre la final de Masterchef. Al mirar atrás vi que estaba intercambiando el número de teléfono con la chica que tenía detrás clavándome los senos en la espalda y que, para hablar con la listilla, gritaba por encima de mi hombro, junto a mi oído derecho. La hortera giraba su cuello y me restregaba su coleta por la cara antes de decir algo. Así he estado todo el trayecto hasta que por fin he salido.

Cuando las dejo atrás, noto cómo las lágrimas se agolpan en mis ojos. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para evitar el llanto que me produce la emoción de respirar el irrespirable aire de una estación de tren. Mucho menos viciado que el de dentro del vagón, donde va a parar. Llego al trabajo, sudando como un pollo; boqueando como un arenque recién salido del agua; con la cara irritada como la de un imberbe recién afeitado producto de los restregones de la coleta de la listilla hortera y con los ojos rojos. Una vez en la oficina, voy al baño, me lavo la cara y entro al office a comprarme una botella de agua en la máquina. Voy a mi sitio y, mientras enciendo el ordenador, bebo agua como Lawrence de Arabia en el desierto.

Me pregunta mi compañero que porqué llego tarde. Que si me ha pasado algo. Me ha enviado un whatsapp, dice, por si acaso necesitaba algo. No lo he visto. Muchas gracias, le digo, no he podido ni ver el teléfono. Se me ha dado fatal el trayecto y, antes de poder continuar, me dice: Claro, como siempre tenéis que venir en coche os coméis los atascos, y os viene bien. Si la gente cogiese más el transporte público habría menos polución. Hay que coger el transporte público, tío. No pude contestar. Un rugido brotó de mi interior y vacié la botella de agua sobre mi compañero que me miraba atónito.

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