23/9/16

El veleta.

El otro día viendo las noticias me quedé anonadado. Me hacía cruces. No me cuadraban las cuentas. Me quedé estupefacto. Abracé mi cojín, mirando al infinito embobado, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Mi cerebro, en una extraña pirueta con doble tirabuzón y mortal carpado hacia atrás, se acordó como por arte de magia de cuando este mismo señor nos hablaba desde su pedestal, oh pobres humanos, diciendo que por nuestro bien debíamos hacer exactamente lo contrario de lo que ahora estaba afirmando. Señalaba con su tembloroso dedo a los que desafiaban su verdad absoluta, mirándonos inquisitivamente y dictándonos sus normas inviolables. Pero ahora se estaba desdiciendo de todo aquello sin rubor alguno. No sólo eso, sino que predica lo contrario de lo que realiza, con una calma pasmosa. Las certezas, como los principios, para este señor, varían según la dirección del viento. Parece ser que los principios y la moral para él son tan volubles como la bolsa de Wall Street.

Pero no acaba ahí la cosa, porque su cohorte de amiguetes le ríe las gracias, le siguen el juego y hacen de su palabra dogma de fe. Igual que cacareaban antes una cosa, ahora pontifican lo contrario ladrando hasta la rabia espumosa. Lo mismo que antes argumentaban a favor, ahora siguen el dictado del líder argumentando en contra de lo antedicho por él. Igual llegamos a ver a la masa entrar en bucle y decir en el mismo tuit una cosa y la contraria. Es lo que tiene seguir a pies juntillas, anulada toda capacidad crítica, a un líder mesíanico. Uno al que la conciencia, el honor, el civismo y la humanidad más básica le vienen grandes. Uno que sabe que diga lo que diga, sus seguidores repetirán sus argumentos aunque sean contradictorios y crearán una opinión favorable en las redes sociales. Pues ese es su trono y su pedestal.

Cuando este señor dijo, poco más o menos, que el sistema empuja al humilde a incumplir las normas, nos está diciendo que todos somos incumplidores en potencia y que si no nos miran, nos saltaremos a la torera todas las reglas. Por básicas que sean. Con el agravante de señalar al humilde como si éste, por el mero hecho de serlo, no tuviese capacidad crítica. No fuese capaz de saber lo que está bien y lo que está mal. Como si, en definitiva, no tuviese conciencia. Este señor olvida que algunos, aún sin pretender ser espejo ni ejemplo de nadie, tenemos conciencia y principios básicos que rigen nuestros actos. Unos principios y conciencia cuyo tamaño, en muchos casos, es inversamente proporcional a la capacidad de su bolsillo. Porque la conciencia es un valor que no cambia de dirección cual veleta a nuestro antojo. Ni se va a la cama con el mejor postor como si de una prostituta intelectual se tratase.

Por todo ello le digo que no, señor Iglesias. Echenique no es ningún referente moral. Ni usted tampoco lo es, si afirma tales cosas, evidentemente. No puede ser referente moral, ni humanitario, ni democrático una persona que es incapaz de sustentar sus palabras con sus actos. Una persona que dice una cosa y hace la contraria. O mejor aún, que, mientras hace una cosa, pontifica sobre los beneficios de la contraria. Como tampoco puede serlo el cómplice que le apoya en público o en privado ni los que lo harán anónimamente tras el teclado de una tablet, un móvil, más inteligente que el dueño, o un ordenador.

Nadie con dos dedos de frente; o que no obtenga algún rédito político, mediático o dinerario por ello; o que no sea un títere intelectual en sus manos, puede comulgar con esas ruedas de molino que les ponen delante. Además, decir semejantes barbaridades, es una irresponsabilidad absoluta y una ofensa para los ciudadanos. En especial para los que, supuestamente, son su lucha. Decir de los humildes que están obligados a incumplir las normas, a saltarse las reglas y, llegados al extremo, a delinquir porque el sistema les empuja a ello, es cuanto menos irresponsable. Además de un acto lo suficientemente grave como para que no quede impune. Si se sienten lo bastante fuertes moralmente para señalar sin rubor a cuantos denominan certeramente pecadores, deberían tener la suficiente altura democrática que les haga ver sus propios errores y que purguen los propios. No obstante, mucho me temo que estos trileros volverán a quitarnos la bolita de la decencia de delante de nuestros ojos cuando levantemos su cubilete.

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