23/9/16

Los amigos de la plaza.

Cuando llega el verano y veo a mi hijo jugar con sus amigos en la piscina me asalta la nostalgia. Cuando va a jugar a las cartas o veo que se tira el rato hablando de lo divino y lo humano; o que discuten vehementemente; o que se cuentan chistes y se ríen escandalosamente; o quizá algún enfado esporádico, me acuerdo de aquéllos días de verano. Una sonrisa ilumina mi rostro y los ojos brillantes miran un punto indeterminado del horizonte y recuerdo. Recuerdo anécdotas varias y me río. El sabor del chicle tico-tico de sandía inunda mi boca y sonrío. Empiezo a tararear una canción emblemática de entonces y recuerdo a mi grupo de amigos y sonrío.

Recuerdo cuando, llegado el verano, los chicos de la plaza quedábamos a las once menos cuarto de la mañana para ir juntos a la piscina y ser los primeros en bañarnos. Volvíamos a casa a las dos de la tarde y después de comer y de la serie de moda (recuerdo con mucho cariño "La fuga de Logan" y "Galáctica"entre otras) íbamos de nuevo a la piscina. Así lográbamos estar juntos cuánto más tiempo mejor. Hacíamos lo mismo que hacen ahora los niños. A saber: jugar a las cartas, jugar al fútbol, jugar a saltar en la piscina tirándote del modo más original y a todo lo que se nos ocurriese. El caso era estar siempre juntos. Después, solíamos subir a casa a por un bocadillo y jugábamos un poco más en la calle, hasta las nueve o diez que subíamos a cenar. Disfrutamos mucho la calle juntos y éramos los mejores amigos del mundo, lo más importante, y nada, por nada del mundo, nos separaría.

Fuimos aprendiendo juntos un montón de cosas. Aprendiendo y experimentando, que tanto monta, en todos los ámbitos de la vida. Primeros besos furtivos a escondidas. Primeros amores para toda la vida, y sus consiguientes batacazos. Primeras depresiones. Primera borrachera estúpida. Primeras rivalidades con otros grupos de otras plazas vecinas que vestían peor que nosotros, olían peor que nosotros y jugaban al fútbol peor que nosotros, por supuesto. Escuchábamos la primera música juntos. Divagábamos sobre cualquier tema que escuchásemos en la televisión o la radio. De política, de fútbol, de música. Daba igual. Éramos primigenios tertulianos de programas basura porque de nada sabíamos y de todo opinábamos.

Todo ello fue haciendo que la amistad se fuera cimentando en complicidades varias. Compactándola, haciéndola más fuerte. A medida que crecimos las cosas cambiaron. Lo inocente y casual dio paso a lo importante. Los escarceos amorosos empezaron a dar paso a los primeros noviazgos. Algunos de ellos, los menos, han sido definitivos pero lo que sí tenían todos en común, es que fueron los primeros. Como los recuerdos son así de caprichosos van mezclándose a salto de mata. Recuerdo algunos amigos que ya no están.

Separaciones que se produjeron por mudanzas terribles, o por tristes divorcios paternos. Quizá también por los naturales cambios físicos, en algunos casos casi milagrosos, de un año para otro. Esto se dio sobretodo en niñas a las que sin más explicaciones dejamos de gustarles. Diferentes gustos. Distintas escalas de valores. Prioridades que hicieron que se fuera resquebrajando la unidad del grupo. Recuerdo, por ejemplo, cuando algunos empezamos a ir a la universidad y otros a trabajar pero seguíamos juntos los fines de semana. Inevitablemente el grupo se fue dispersando.

Los gustos de cada uno; así como la vida de cada uno o las necesidades de cada uno fueron imponiéndose. Las reuniones se fueron distanciando más en el tiempo. La responsabilidad, esa maldita enemiga de la inocencia, fue entrando sigilosa en nuestras vidas. Cada uno fue priorizando como quiso y creyó oportuno y, poco a poco, nos fuimos haciendo más esquivos a la hora de vernos. Tanto es así que, a día de hoy, no nos vemos. Apenas sabemos unos de otros.

Si nos vemos, las sonrisas y abrazos surgirán de inmediato, pero nada más. Cuando veamos marchar a nuestro amigo diremos: "Podía haberle dicho que si tomaba una caña" pero no se me ocurrió. "Bueno, la próxima vez, será" piensas, engañándote. Salvo las honrosas excepciones de los dos o tres amigos de toda la vida que todos tenemos, el resto son recuerdos agradables de todos aquéllos compañeros de borracheras; de aquellas primeras novias y de los amigos de esos de verdad. ¿De los de verdad? ¿Seguro? En algunos casos sí, por supuesto, los tres o cuatro mencionados, pero la vida sigue.

La rueda de la vida sigue girando inexorablemente y te das cuenta que tu vida social ha pasado a dirigirla tu hijo. Los papás de sus amigos son tus amigos. En las filas de recogida de los niños se inician conversaciones. En esas conversaciones compruebas con quién tienes cosas en común y con quién no. Surgen cañas y más conversaciones. Habrá veces en que surgirán más planes. De modo que, sin pretenderlo, aparecerá la amistad. Como por arte de magia. Espontáneamente. Sin darnos cuenta.

La voz de mi hijo me urge para que me bañe con él y sus amigos en la piscina. Me doy cuenta de lo incómodo que estoy sentado en la toalla. Llevo un rato en la misma postura y el trasero se me ha dormido. El niño se abalanza riéndose mientras me moja con sus manitas. Le hago cosquillas levantándome. En el agua esperan sus amigos salpicándonos y riéndose. Después hemos quedado con sus papás para cenar tomando unas cañas en la plaza. Queda poco tiempo para que cierren la piscina así que me apremian para que me bañe con ellos. Me acerco a la ducha y abro el grifo. Mientras me ducho, me pregunta que si luego vamos a ir a la plaza a cenar. La plaza. Su plaza. Sus amigos de la plaza. Una sonrisa brota en mis labios. "Sí cariño, le respondo, a cenar con tus amigos de la plaza".

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