23/9/16

Miedo y asco.

La oscuridad de la habitación es absoluta salvo por una pequeña rendija bajo la puerta. Las sábanas huelen a limpio y a recién planchadas. El silencio en la casa es absoluto. Pero no puede dormir. No, porque el niño sabe lo que ocurre a continuación. Sabe lo que siempre viene a continuación. Cuando de pequeño le decían: "que viene el coco" él sabía exactamente cómo era el rostro de ese ser. Ya han pasado tres años desde que empezó su calvario. Tres años sufriendo lo mismo. Sin previo aviso nota cómo las lágrimas afloran a sus ojos. Las plegarias se agolpan contra su almohada en un rumor ininteligible. Un ruido en el pasillo hace que el niño dé un respingo en la cama. Ya viene. Saca la cabeza de debajo de la almohada y mira la sombra que se adivina bajo la puerta. Mierda, ya está aquí. El pomo comienza a girar y el niño no puede reprimir el temblor que inunda todo su cuerpo. Abre la boca para gritar pero no emite ningún sonido. Un enorme agujero frío y negro se abre en la boca de su estómago tragándose todos los gritos. El temblor se hace más fuerte llevándose la poca valentía que le queda. El sudor perla su frente y rostro y los ahogados sollozos retumban en el silencio de la habitación. Su corazón se acelera. La puerta se abre. Ya llegó.

El niño no puede contener las lágrimas pero intenta acallar el llanto. La rabia envuelve su corazón pero es incapaz de hacer nada. Le horroriza llorar y mostrarse desvalido ante el monstruo. Pero no puede hacer nada. Ese ser tiene una enorme y brillante reputación. En cambio él tan solo es un niño de poco más de once años. Nadie le creería. Si alguna vez reúne el valor suficiente para amenazar con contarlo, su tío, el monstruo, se encarga de decirle una y otra vez que no es nada malo y pregunta: ¿A quién crees que van a creer? Una mano se posa en su nuca. Nota el peso de su tío en un hueco libre de la cama. Siente cómo el monstruo, poco a poco, se acerca a él. No puede contener el temblor de su cuerpo. Nota la tibieza de las manos de su tío acariciando su espalda, cada vez más abajo, mientras pronuncia las mismas sibilantes palabras de siempre: "Tranquilo. No estamos haciendo nada malo. Esto es solo para que no tengas problemas cuando tengas una novia y sepas lo que hay que hacer" Otra vez igual. Como siempre. Nota cómo baja la mano de su tío y juguetea con la goma de su calzoncillo. Gimiendo y acariciando sin detenerse. Le toca, le acaricia, intenta besar sus labios pero él se aparta. Es este un pequeño triunfo para el niño. Pero la caricia continúa. El monstruo agarra su nuca y forcejea con su lengua contra los labios prietos del niño. La caricia continúa. El niño llora cuando nota una erección no deseada. El tío le coge la mano y se la pone en sus propios calzoncillos. Mientras dice que le quiere. No deja que se suelte el niño. Nadie le quiere más que él. Aprieta su miembro contra la mano. Este es el verdadero amor. Se restriega. Esto durará lo que el niño quiera. Pero nunca para. Siempre regresa. No hacemos nada malo. No hacemos nada malo. Repite una y otra vez.

En un momento de descuido hace un ruido y el monstruo le tapa la boca bruscamente. Mira a todos lados y le dice al oído ¿quieres que se entere todo el mundo? Este es nuestro secreto ¿A quién creerían? Los movimientos se hacen más violentos y espasmódicos. Tras un gemido sordo nota algo viscoso y caliente sobre su tripa. Las náuseas vuelven. Una espiral se aloja en su cerebro. Su tío, saca de algún lado un trozo de papel higiénico y limpia el vientre del niño y, tras esa minuciosa labor, se aleja como ha venido.
El niño se tira al suelo y queda hecho un ovillo mientras el llanto se hace más profundo. Cuando pasa un tiempo sin escuchar ni sentir nada, levanta la cabeza aterrado y mira alrededor. Pero cada vez que hace un ruido, la palabra secreto asalta su cerebro y hace que se calle ¿A quién creerán? Está agotado y horrorizado, como siempre. Las fuerzas están agotadas. Le duele la mandíbula, la cabeza y la espalda por la tensión y llora. Llora desconsoladamente. Aleja de sí las sábanas y las mantas con asco. Todo huele asquerosamente a él y lo tira lejos. Pero no quiere hacer ruido. Es nuestro secreto. Resuena en su cerebro ¿Quieres que se enteren? ¿A quién creerán? Taladra su conciencia. Se duerme, casi sin darse cuenta, entre lágrimas ahogadas y convulsiones aprisionadas en un absurdo abrazo que él mismo se proporciona. No puedo contarlo, se dice.

El niño se despierta tumbado en el suelo de la habitación. El bulto de mantas y sábanas está en el otro rincón de la habitación. Con los ojos anegados en lágrimas se levanta pesada y penosamente e intenta hacer la cama para que nadie se dé cuenta de lo que ha sucedido esa noche. Se vuelve a meter en la cama y finge dormira hasta que escucha que su tío se marcha a trabajar. Es entonces cuando va a la cocina a desayunar. Después de tomar un vaso de colacao entra en el cuarto de baño y observa la navaja con la que se afeita su tío. La idea ha llegado a su cabeza en más de una ocasión. Pero nunca se atreve. Cuánto daño haría a todo el mundo. No puede ser. No puede hacerlo. No sabe si es cobardía o no pero, como también ocurre cuando decide contarlo todo, imagina la cara de sus padres y lo que ocurriría a continuación y opta por el silencio.

Sería tanto daño el que podría ocasionar a su alrededor que decide que es mejor asumirlo todo uno sólo y tragarse la bilis. Aunque sea amarga, aunque duela. Es un trago que debe afrontar él. No puede ser que otros carguen con esta cruz que le ha tocado vivir a él. Además, si dice algo, podría ser el final de sus abuelos, ya mayores, y de su tía y no podría perdonárselo nunca. ¡Los quiere tanto! Pero también podría ser el de su padre. Porque es seguro que su padre acabaría en la cárcel y eso él no podría soportarlo. De modo que decide ser fuerte. Tirar para adelante estoicamente. Taparse la nariz y tragar este amargo trago. Intentará alojarlo en algún recóndito rincón de su cerebro y lo abandonará para siempre. Jura que nadie va a enterarse nunca de lo que sucede. Su tío se cree que es por lealtad. Pero es por no hacer daño a las personas que quiere. Además, él es un don nadie y su tío es un semidios en la familia. Nadie le creería. Lo que el niño aún no sabe es que esta es una herida que nunca se cierra. Nunca deja de sangrar. Siempre duele.

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