8/10/16

Sonrisas. Una historia de otoño.

Soñar con no tener que levantarme de la cama. Tapado hasta las orejas. El calor de mi cuerpo me hace estar a gusto sin moverme. Desear que el despertador no esté sonando. Pero suena. Levantarme y pensar que todo vuelve a su sitio. Salir a la calle. Sentir el frío en la cara. Aspirar fuerte y exhalar el vaho mientras lo observo salir de mi boca. Coger el coche y ver la salida del sol a través de la ventanilla. Empaparme de la oscuridad de la calle de camino a casa tras otra maratoniana jornada laboral. Observar la humedad en el brillo del asfalto y las paredes. Mirar las hojas caer y cómo van a reunirse con otras hojas en un rincón cualquiera. En cambio, otras se arremolinan en el suelo mecidas por el viento y se dejan llevar por él. Pensar que soy una de ésas hojas que huye hacia ningún lugar. Pero no. Porque tengo que empezar mi día. Siento que mi vida empieza justo ahora al salir del trabajo. Mi vida es vida de la puerta de casa hacia dentro. Sonreír acordándome de los míos. Tararear alguna canción de Adele o Norah Jones (les pega tanto septiembre. De hecho, son tan septiembre). Hay gente que es de otoño. Le pasaba a la magnífica Amy Winehouse; le pasa a Dean Martin y le pasará a Michael Bublé. Sigo tarareando y, sin poder evitarlo, sonrío.

Al fin, tras este enorme, elástico y febril verano que nunca termina, llega el otoño. Es la época de celebrar los cumpleaños de las personas que más quiero. Celebrar juntos sus cumpleaños me hace ser feliz. Porque soy feliz, inmensamente feliz, al sentir la alegría de mi mujer y mi hijo en sus días. Ver la expectación con que abren sus regalos. La sonrisa que les hace brillar y ser de colores. Siempre esa maravillosa sonrisa. Una sonrisa que me acompaña cada día y que hace que todo ruede cuando algo no va bien. Cuando el trabajo se vuelve gris, agrio y pesado recurro a la sonrisa almacenada en mi recuerdo. Esa sonrisa de otoño colorea todo cuanto toca. Hay veces, cuando más oscuro se vuelve todo, que puedo llegar a cerrar los ojos y escuchar sus carcajadas en medio de la vorágine de trabajo, tráfico y discusiones. Entonces, esté donde esté, sonrío.

Esperar que llegue el fin de semana y desayunar un sábado, pausados, tranquilos. Aguardar la entrada de mi hijo en la cocina y hacer que nos asusta. Entra como un huracán. Exactamente como llegó en un otoño de hace ya unos años. Revolviendo nuestra calma. Acelerando nuestra vida. Iluminando los grises que difuminaban todo y coloreando nuestro horizonte. Haciéndonos sonreír a cada instante. Dándole sentido a la vida. Desayunar en la cocina con el pie del niño reposando en mi propio pie. Hablando de lo humano y lo divino y preparando la final de Champions que el niño va a disputar dentro de escasas dos horas. Regresar a casa y celebrar la victoria, el empate o la derrota delante de un tazón de chocolate caliente y un bizcocho. Manchar la punta de la nariz de mi hijo con mi dedo lleno de chocolate y sonrío. Sonreímos.

Dormitar en el sillón con esa película que haré que veo junto a mi mujer acurrucada a mi lado mientras el niño intenta hacerse con el mando a distancia. No nos gusta. Es un telefilme horrible y además no hay nada en la televisión digno de verse. Elegir entre los tres una película de las que tengo reservadas para estas ocasiones y evitar discusiones. Así logramos que regrese la calma a casa. Hacer unas palomitas mientras vemos la película elegida. Sentar al niño a mi lado y mi mujer al otro mientras nos tapamos con una manta. Cenar algo frugal viendo las noticias y mientras cojo mi libro, me sirvo una copa de whisky. Leer. Cuando, tras darme un beso y las buenas noches, se van a la cama. En ese momento es cuando leo. Continúo en el sillón de la galería un buen rato más. Mientras la luz de la lámpara ilumina sus páginas, cierro los ojos fijando sus sonrisas, sus palabras y sus besos en mi cerebro y doy un trago largo y pausado. Sentir el whisky bajar por mi garganta. Sus sonrisas. Observarlo al trasluz. Qué sonrisa. Es tan de invierno u otoño el whisky como de verano o primavera. Pero ese color ocre del whisky es absolutamente otoñal. Recuerdo sus sonrisas. Lentamente se curvan mis labios y sonrío.

Nos encanta pasear por el jardín del Capricho de Madrid en cualquier época. Es absolutamente recomendable para cualquiera. Pero es aún más maravilloso en otoño. En esta época se pueden apreciar todas las tonalidades existentes de color ocre. Ninguna paleta de ningún pintor puede siquiera soñar con tener tan ingente gama de colores a su disposición. Es magnífico, inabarcable, maravilloso. Me dejo llevar. Intento abarcar todo y almacenarlo dentro de mí. Sentir cómo el frescor de la naturaleza embota mis sentidos. Ver las luces, los brillos, la atmósfera que me abruma y me hace hinchar el pecho de asombro. Apreciar y admirar la belleza del jardín y sonreír embobados. Sí, sonreír. Decir alguna tontería, reír y jugar al pilla pilla con el niño. Dejar que nos atrape y abrazarnos los tres en un abrazo de tres solo para nosotros. Y sonreír. Siempre sonreír. No dejar de sonreír porque es otoño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario