4/5/17

Mensaje en una botella

Dicen que lanzar un mensaje en el interior de una botella al mar en según qué mares puede hacer que el mensaje llegue a una u otra costa, dependiendo de las corrientes marinas, en unos meses o, como en el caso del mensaje más antiguo que se conoce hasta ahora, en más de cien años.

Lanzar una botella al mar es un acto desesperado de una persona desesperada que puede ser atendido, como hemos visto, en unos meses o en un siglo. Lo que nos indica muy a las claras que, en la mayoría de las ocasiones, los actos desesperados nos llevan a decisiones que son erróneas. Las decisiones, decía un profesor de la universidad, hay que tomarlas en frío. Siempre. Hay que dejar que pase un par de días y después se decide. Decidir en caliente puede llevarnos a hacer cosas de las que luego nos arrepintamos. Aunque haya veces que no nos queda otra opción.

Sirva este ejemplo para ilustrar lo estúpido de esos actos en caliente. Tras una noche de farra, un amigo mío decidió volver a casa en taxi solo porque no quería venir a buscar a la novia de otro a un último sitio y dejarle con ella. Así cabríamos todos en el taxi y volveríamos juntos. Pero él se empecinó en que se tenía que ir ya y se fue en taxi solo. No podía esperar ni cinco minutos y se marchó. Al día siguiente tomando una caña, otro amigo le decía: “que tu orgullo no vaya en tu contra, que tus decisiones no te hagan daño”. Y esa es una frase que se me ha quedado grabada. Por lo que ya no suelo tomar decisiones de este tipo casi nunca.

Dicen que el buen jugador de póker es aquél al que no se le vislumbra ni un pequeño tic o gesto cuando tiene una buena jugada, o mala, en sus manos. De ahí la expresión “cara de póker”. Se muestra firme, hermético, silencioso, acechante, tranquilo, incluso taciturno. Aunque por dentro el corazón vaya a ciento cuarenta pulsaciones. No hace ni el menor gesto. Observa a sus rivales y, si ve algo que le indique que puede ganar su mano, se lanza al ataque sin vacilar.

Por otro lado dicen que la prudencia es la virtud del buen estratega que, como el jugador de ajedrez, no deja entrever su jugada hasta que decide dar un paso al frente. Quizá haya estado haciendo movimientos de despiste para que el rival crea que el ataque va en una dirección cambiándola de pronto y  lanzarse a una ofensiva demoledora. Nos han enseñado, además, que la prudencia es una virtud propia del que es poseedor de una buena educación. 

Pero cuando se quiere algo de alguien hay que decirlo porque, por muy avispada que sea la otra persona, salvo que sea adivino no sabrá qué quieres. Y ahí es donde entra en juego la buena o mala voluntad y la inteligencia o la estupidez de tu interlocutor, o del que tiene que descifrar las señales que emites porque, a veces, nuestra forma de pedir las cosas no es la más directa. Cuando se quiere algo hay que decirlo, sí, pero con educación. Aunque hay que saber a quién decírselo y cómo.

En mi dilatada experiencia laboral he estado en todo tipo de empresas, con todo tipo de jefes y con mejores o peores compañeros, como todo el mundo. Pero lo que siempre ha abundado en todas es el machaca. Las empresas, salvo honrosas excepciones, pues ya sabemos que esto de generalizar suele llevarnos a errores, no buscan gente que tenga capacidad e interés de escalar haciendo carrera profesional con ellas. La mayoría lo que busca es un tipo sin estudios al que pagarle lo mínimo imprescindible que sepa hacer lo que hace y nada más. Si además no molesta, mejor.

Ese machaca, con el tiempo, suele ser reconocido y se le suele poner al frente de un grupo de machacas llamándolo coordinador, machaca senior o cualquier  otro eufemismo que implique una mínima subida de sueldo y de estatus para el ignorante de turno. Estatus que hace que los demás lo vean como un héroe que ha llegado hasta ahí. Machaca que, a los que están en su equipo, les sirve de tapón. Porque como haya alguien con un mínimo de interés en hacer carrera lo ve como un rival y le hará la vida imposible. Hasta que la persona válida se harte y opte por irse de la empresa en cuestión. El machaca se siente más fuerte y sus compañeros lo ven como imbatible, pues se ha cargado a fulanito que tiene carrera. Todo un logro. La empresa estará tan contenta con el machaca porque su sueldecito y cortedad de miras no le supone un problema. Además, al no ser un tipo cualificado, es intercambiable en cualquier momento.

Pero sí que supone un problema cuando esa empresa pretende vender otros valores. Cuando intenta crecer y ser un ejemplo en el sector. Vamos a vender calidad, dicen, pero cuando abren la puerta para negociar con potenciales clientes más potentes y éstos ven la mediocridad, en el mejor de los casos, de los trabajos perpetrados, huyen. Hay incautos que decidirán trabajar con ellos por el reclamo de que el servicio ofrecido, como no puede ser de otro modo, es el más barato del mercado. Ahora bien, cuando reciben por respuesta un “es que yo no llevo eso. Eso lo lleva mi compañero…”; o mails con faltas de ortografía. Al ver cómo se les atiende telefónicamente; o cómo cualquier problema por pequeño que sea, supone un drama y un escaqueo continuo de sus empleados, suelen poner el grito en el cielo hasta que dejan de trabajar con la empresa de turno.

El eco de ese grito llegará al interior de la empresa y empezarán a querer cambiar lo que ya se ha convertido en una metástasis de necedad. De modo que, no pueden cambiarlo, buscan clientes a su altura y se estancan. A veces lo que intentan es traer a gurús de las finanzas que solventen el entuerto. Pero las metástasis suelen tener mala solución. El estancamiento de la empresa y la decisión del gurú puede ir en la dirección de intentar unir a varias empresas. Se quedarán con el machaca menos malo de los que pueblan ambas empresas, y la rueda continúa girando.

Las empresas no se dan cuenta que en esta era, ya no de Internet, porque ésta es  ahora la era del móvil, el trabajador es importantísimo no ya por el trabajo en sí, que también, pues es además un generador de opinión en las redes sociales. Un trabajador es un altavoz de la imagen de una empresa. Cuánto más preparado sea el trabajador más puedo fiarme de su trabajo y delegar en él. Cuánto más se delegue en él, más valorado se sentirá y más contento estará. De este modo lograré que se sienta identificado con mi proyecto empresarial. Así la imagen empresarial subirá unos cuantos enteros. Lograré que haya gente que quiera trabajar en mi empresa y que, por lo tanto, poco a poco los mejores quieran venir. Al final creceré. Pero creceré bien, porque creceré desde la calidad de mis empleados. El mayor activo que tiene una empresa son sus empleados.

Pero esto es una utopía empresarial en la mayoría de Pymes que yo he frecuentado. De hecho, los mensajes lanzados por mí y mis compañeros a mis superiores, tanto de manera directa, como indirecta, nunca han llegado a buen puerto. Mostrar capacidad para hacer determinada labor que tu interlocutor no sabe hacer es una amenaza potencial para el machaca de turno. Aunque también ha habido ocasiones en que no se han dado cuenta de lo que les quería decir. O les das una idea y la toman como propia y la gritan a los cuatro vientos. Lo que hace que te escondas en tu madriguera y te marches a la menor ocasión. El problema, al lanzar un mensaje, es que hay que adecuar tu lenguaje al del receptor porque puede darse la paradoja de que éste no lo entienda. Otras veces, por el antedicho motivo de sentirse amenazados, no han querido entender el mensaje.


Aunque puede ser que lo que me haya sucedido toda mi vida es que soy demasiado prudente. Quizá porque la educación recibida no me permite levantar la voz o porque pienso erróneamente que la gente a la que me dirijo tiene la suficiente inteligencia para darse cuenta de mis mensajes. O puede ser que quizá sea tan buen jugador de póker que aún no se han dado cuenta de las cartas que tengo en la mano. Tal vez tenga que lanzarme al centro de la mesa con mi alfil y mis peones para que vean que voy en serio o puede ser que tal vez este artículo sea mi mensaje en una botella.

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